Torsión gástrica: una enfermedad común en perros
Del mismo modo que los perros comparten con los seres humanos muchas enfermedades, como puede ser la artritis, por citar un ejemplo muy común en ambas especies, también pueden desarrollar otras que son exclusivas de ellos y de algunas otras especies de animales domésticos, pero no se dan en el ser humano. El síndrome de la torsión gástrica es un ejemplo de ello.
Esta patología aparece sobre todo en los perros de gran tamaño y no es otra cosa que la dilatación desmesurada y torsión del estómago a consecuencia de la acumulación en él de gases, alimentos o incluso líquidos. Lo que ocurre exactamente es que los ligamentos situados en esta zona del cuerpo del animal no soportan la dilatación y provocan que el estómago se tuerza sobre su eje, impidiendo que el perro pueda vaciar dicho espacio de forma natural.

Puede ser consecuencia de la acumulación en él de gases, alimentos o líquidos (Foto: iStock)
De hecho, al intentar vomitar, lo que ocurre es que se obstruye más y se desconectan el esófago y el intestino, ambos unidos por unos orificios que quedan anulados. Y lo más grave es que, en consecuencia de esto, se puede llegar a interrumpir la circulación sanguínea al comprimirse excesivamente todo el sistema de arterias, venas y vasos, lo cual puede provocar un apagón, literalmente, de diferentes órganos vitales. Esto, por supuesto, si no se trata a tiempo, puede suponer el colapso total del cuerpo del animal y por lo tanto su muerte, en el peor de los casos.
Son las razas de perros grandes clásicas como el pastor alemán, gran danés o el san bernardo las que junto a los canes de pecho profundo como el bóxer tienen más predisposición a sufrir este peligroso síndrome cuyo tsunami se produce por una ingesta excesiva de comida o líquidos tomada además de manera súbita -controla que no lo haga-, sin digerir; por una situación de estrés excesivo; y por cuestiones genéticas, algo difícil de controlar si no sabemos el historial clínico de sus antepasados directos.
De todos modos, cualquier perro puede sufrirla, de forma que es interesante estar familiarizado con sus síntomas más habituales para que, en caso de detectarlos de forma precoz, se pueda acudir lo antes posible al veterinario, que es lo único que el dueño del animal puede hacer para que tenga solución. El síntoma más evidente, más allá de malestar, inquietud, dificultad para respirar o salivación abundante, que son comunes con otras patologías, es el de la imposibilidad para vomitar o las náuseas reiteredas. Y si a esto le sigue una comprobación en su abdomen y se advierte que al percutir en él se oye un ruido que da lugar a pensar que puede estar dilatado -no es fácil de comprobar para una persona no especialista en veterinaria-, el diagnóstico parece claro.
Pero con que presente alguno de los síntomas anteriormente citados, todos ellos muy alarmantes y obvios, ya es motivo más que suficiente para llevarle con urgencia a que vea al animal un especialista, que probablemente le someterá a una radiografía con la que complementará su exploración, que derivará en un tratamiento concreto en base a la situación.

Las náuseas retiradas son uno de los síntomas (Foto: iStock)
Dependiendo del caso, se podrá solucionar, una vez sedado el perro, con una sonda orogástrica a través de la boca que vacíe el estómago, una descompresión del mismo y también un lavado gástrico. Si esto no es posible, se puede actuar perforando la pared abdominal. Y es también muy habitual la cirugía final, mediante la cual se fija el estómago a la pared costal para reducir el riesgo de posibles nuevas torsiones.
La edad del animal influye en el pronóstico, y también muchísimo si se detecta y actúa de forma precoz, pero estamos ante una enfermedad realmente grave que puede derivar, desgraciadamente, hasta en el peor de los escenarios, la muerte del animal. Por eso, al mínimo síntoma, hay que reaccionar rápido.
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